Pasada la medianoche regresó Romilia a su casa, había asistido con su nuevo amigo Ricardo a una entretenida fiesta de curso, donde había bailado como nunca y lo había pasado estupendamente.
Al entrar en su dormitorio encontró a su hermano Pedro, compañero de habitación, hojeando una revista aburrido que al verla se animó y le preguntó:
- ¿Cómo te fue en la fiesta, Romi?
- Fantástico, lo pasé genial, Ricardo es muy buena persona y un trompo para bailar ...
- ¿Y, te gusta...?
Pedro tenía 12 años, era apenas un año menor que Romilia y conformaban una pareja de hermanos muy unida, sentían un cariño entrañable entre sí.
Romilia era una flaquita acelerada, inteligente, vivaz y Pedro era gordo, simpático, alegre y medio despistado. Para sus amigos eran el inseparable dúo dinámico, porque cuando invitaban a uno de ellos, el otro siempre iba como convidado de piedra.
A los ocho años de edad se juraban amor eterno, Pedro insistía en casarse con ella cuando fuera grande y Romilia le explicaba que entre hermanos ésto no se podía, pero que siempre serían muy unidos porque ella también lo quería mucho.
Aquellas noches infantiles en que los temporales de lluvia y viento estremecían la casa, provocaban en Romilia un terror incontrolable y sin saber cómo, se pasaba a la cama de Pedro en busca de auxilio y socorro. El gordo viéndola tan afligida inventaba divertidas historias para tranquilizarla, quedándose finalmente dormida bajo el abrazo protector de su hermano menor.
Romilia vio que su hermano estaba algo celoso por su reciente salida, así que se acercó a su cama y le dijo susurrando al oído:
- Sí, me gusta un poquito Ricardo, pero nunca tanto como mi guatoncito...
Mientras le decía eso, le hacía cosquillas en el cuello y le acariciaba el pelo. Pedro se revolvió en su cama algo inquieto, pero al sentir el cariño que le demostraba su hermana se tranquilizó.
Cuando Romilia llegó a la pubertad, se produjeron algunos quiebres en esa amistad y devoción mutua, ya que sin haber motivo alguno, ella lo retaba, le gritaba y el gordo la miraba con cara de pregunta sin respuesta.
Terminado el arrebato, ella se acercaba cariñosa, le daba un beso en el cuello y le hacía cosquillas en la espalda, mientras él ronroneaba como un gato.
Pedro no entendía mucho lo que pasaba, pero veía como la silueta de su hermana iba adquiriendo formas de una pequeña y linda mujercita.
A Pedro le ocurrió algo semejante poco tiempo después. Cuando ella menos se lo esperaba, el guatón se enojaba y le decía que no se entrometiera en sus asuntos porque eran cosas de hombre.
A pesar de estas tormentas pasajeras, seguían siendo muy unidos, formaban una espora encapsulada, aunque algunos cosquilleos se dejaban sentir en el flujo hormonal de ambos.
Pedro sintió el efecto anestésico del masaje magistral en su cuello, y le pidió a su hermana que le contara más detalles de su reciente salida.
Romilia fue al baño, se puso el pijama y volvió dispuesta a confesarse ante su hermano querido.
- Déjame un hueco, gorducho insignificante...
De un salto Romilia se metió en la cama de Pedro dispuesta a iniciar su relato.
Desde hacía un tiempo, Pedro miraba a su hermana con otros ojos, ya no era la compañera de antaño, y sin que ella se enterara, la espiaba cuando se duchaba y se vestía. Romilia sabía que Pedro la contemplaba, algunas veces hacía un escándalo de advertencia, pero no le importaba mayormente, ya que desde niños siempre se habían bañado juntos.
Pedro estaba atento al relato de su hermana que le contaba detalles de su reciente salida, mientras continuaba peinándolo con sus manos, acariciándole el rostro, y explicando con gestos lo que había ocurrido con Ricardo.
El gordo sentía una gran turbación al sentirla tan próxima, con esa voz suave susurrándole confidencias al oído, la atracción física se hacía cada vez más evidente, pero se contenía a duras penas porque disfrutaba de estos momentos especiales de intimidad donde se compartían los secretos más recónditos, en una actitud de complicidad recíproca.
Romilia a su manera, también se sentía atraída por Pedro, pero su emoción la ocultaba a través de un incesante parloteo, aunque sus manos la delataban dibujando figuras imaginarias en ese rostro gordinflón tan querido, le hacía suaves masajes en el cuello, le daba besitos en la cara, lo cual aumentaba el clímax de este juego en que estaban inmersos.
Le gustaba sentirse provocadora y se complacía viendo la inquietud que le causaba.
Cuando sentía que la excitación se disparaba con sus cariñitos, le daba un fuerte pellizcón a Pedro para bajar el nivel de tensión y así todo volvía a comenzar.
Ambos se sabían atrapados por la magia y emoción de este ambigüo ritual, que algún día debía terminar, pero ninguno de los dos tenía la voluntad de concluirlo todavía.
Estaba Romilia terminando con su historia, cuando Pedro se revolvió en la cama y en forma sorpresiva abrazó a su hermana y mirándola a los ojos le dijo:
- Dame un beso, como se lo diste a Ricardo...
Romilia lo miró fijamente con una extraña expresión en el rostro, en tanto, Pedro esperaba anhelante sin pronunciar palabra.
Después de observarse mutuamente durante algunos instantes, Romilia se le acercó insinuante con la boca entreabierta en ademán de besarlo. Pedro cerró los ojos nervioso creyendo que el gran momento había llegado, aguardaba impaciente sentir el contacto de esos labios carnosos, cuando en vez de ello, recibió un sonoro beso en la frente, mientras su hermana se escabullía rápidamente de su cama.
Pedro avergonzado apagó la luz del velador, se dio vuelta hacia la pared, escondió la cabeza bajo la almohada y se quedó mudo. Un rato después escuchó a Romilia que le decía bajito:
- Buenas noches, gorducho fresco...

Junio 1997