Andrés se sobresaltó cuando escuchó sonar el teléfono, temiendo que su mujer despertara y descubriera este extraño juego nocturno, en que se había involucrado, desde hacía poco más de un mes.
Levantó el auricular y efectivamente, era ella una vez más, esa lánguida y anónima jovencita que lo llamaba religiosamente todos los martes, pasada la medianoche.
Su voz sensual iba adquiriendo distintos matices, según transcurría la conversación, a veces era dulce y cariñosa, más tarde parecía ansiosa, a ratos era apasionada, lo seducía contándole sus íntimas fantasías amorosas que le provocaban una sofocada excitación, perturbado por los atormentados ronquidos de su señora que dormía intranquila a su lado.
- ¿Todavía me deseas, mi querido Andrés?
Escuchar su nombre pronunciado por esa incitante voz, le producía un escalofrío intenso, un torrente de lava y fuego corría por sus venas, su pulso se aceleraba hasta el paroxismo y desfalleciente respondía:
- Sí, mi amorcito, estoy poseído por una desenfrenada fiebre saturnal...
- Yo quisiera tenerte aquí conmigo, ahora mismo, para calmar tu estado febril...
- Volaría hasta allá si lo deseas, pero aún no logro descubrir quien eres...
- ¿Cómo, todavía no lo sabes? Me ves casi a diario sin reconocerme, me hablas sin advertir que soy la misma que te llama y te quiere, me destroza el alma tu indiferencia, pero no puedo ayudarte. Si de verdad me amas, ya debías haberme encontrado...
Al otro lado del auricular se produjo un largo silencio, luego se escucharon algunos sollozos y se cortó la llamada.
Andrés quedó sumido en un mar de dudas, con un sinfín de preguntas que se agolpaban en su mente, buscando una respuesta:
¿Quién sería esta muchacha tan locamente enamorada? ¿Sería cierto que hablaba con ella y no la reconocía?
Recordó que cuando ocurrió la primera llamada, pensó que se trataba de una equivocación, pero cuando escuchó esa suave voz que lo llamaba por su nombre completo y poco después, le hacía una completa declaración de amor, decidió continuar con la broma, pensando que se trataba de una jovencita aburrida e insomne.
En las noches posteriores no se repitió esta situación, así que se olvidó por completo de este asunto, hasta el martes siguiente en que volvió a llamarlo. En aquella ocasión, fue cuando enganchó con el tema, se sentía muy halagado de ser su amor secreto, se divertía con su ardiente imaginación y se sorprendía de lo mucho que sabía acerca de él.
A partir de ese momento, Andrés esperó con angustia sus llamadas nocturnas, sin saber cuando recibiría la próxima, quedándose en vela por varias noches sucesivas, hasta que ella le confesó que había reservado los martes para él.
¿Qué cosa tan especial podía ver en él, cuando ya se empinaba por sobre los 45 años, con una silueta levemente parabólica, una calva incipiente y una mirada todavía arrogante, proveniente de sus ojos claros que antaño fueron motivo de orgullo?
Pasó un largo rato meditando, una vorágine de imágenes desfiló por su cabeza, intentando recordar a alguien con una voz parecida a aquélla sin éxito, y sólo pudo conciliar el sueño cuando decidió organizar una auténtica cacería de su joven enamorada, antes del próximo martes.
La manía se apoderó de Andrés en los días siguientes, escudriñaba el rostro de cada muchacha joven que se cruzaba en su camino, y si observaba una posible mirada furtiva, la abordaba de inmediato con cualquier excusa.
En la oficina hizo una lista con las jóvenes que allí laboraban y las entrevistó, con el pretexto de llenar una vacante imaginaria que se produciría en su departamento.
En el restaurant donde almorzaba regularmente, se sentaba cada día en una mesa distinta, para ser atendido por alguna camarera joven.
Andrés vivía sólo para este tema, postergaba cualquier actividad que lo distrajera de su obsesión y durante esa semana recorrió todos los lugares donde había estado alguna vez, repitiendo su ritual de preguntas y respuestas.
Su nivel de paranoia aumentaba en la medida que se acercaba el día señalado.
Durante el fin de semana, organizó un asado para celebrar las buenas calificaciones de su hija mayor, pidiéndole que invitara a todas sus compañeras y amigas, ocasión donde compartió algunos minutos con cada una de ellas.
Pero, todos sus esfuerzos fueron en vano, ya que ninguna de las jóvenes con que había hablado durante este período, tenía un timbre de voz parecido al que buscaba.
El martes por la mañana estaba en su oficina, exhausto y desencantado, por el resultado de su frenética búsqueda, cuando recibió un llamado telefónico de su madre para invitarlo a comer ese mismo día. Andrés declinó la invitación por temor a que su visita se prolongara más allá de la medianoche, pero prometió que pasaría a verla al atardecer.
Al llegar donde su madre, tocó el timbre durante largo rato, sin que nadie le abriera y cuando estaba a punto de irse, apareció una joven que le dijo:
- Perdón por la tardanza, señor, la señora salió un momento y me dijo que la esperara...
Andrés la miró fijamente, ella bajó tímidamente la vista y cuando quiso responderle, notó que no sabía su nombre, a pesar de haberla visto varias veces allí.
- Está bien, pasaré un rato, pero dígame, ¿cómo se llama usted...?
- Me llamo Rosario, don Andrés...
Cuando la escuchó pronunciar su nombre, sintió un escalofrío que lo conmovió de pies a cabeza, ¿sería esta humilde y vergonzosa jovencita, quien lo tenía al borde de la locura?
- Rosario, ¿me podría servir un whisky, por favor...?
- Sí, señor, se lo traigo enseguida.
Al verla salir del living, pudo apreciar sus bellas formas, tenía buena facha, un pelo largo y oscuro, una tez blanca, labios gruesos y se contoneaba de una forma especial al caminar, aunque su largo delantal lo disimulaba de alguna forma.
Andrés no sabía cómo preguntarle si era ella quien lo llamaba por las noches, y si fuese cierto, ¿ella se lo confesaría abiertamente?
Estaba sumido en sus cavilaciones, hojeando una revista, cuando sintió que Rosario había regresado, dejando sobre la mesa de centro, una bandeja con la botella de whisky, una cubeta con hielos, un jarro con soda y 2 vasos vacíos.
La observó de reojo y pudo apreciar la belleza de su rostro. Al enderezarse, ella le miraba fijamente mientras llenaba lentamente ambos vasos con licor envuelta en una enigmática sonrisa.
En ese momento llegó su madre quien alborozada de verlo, se acercó diciendo:
- Andrés, qué agradable que hayas venido esta tarde. Rosario, te agradezco que también me hayas servido un vaso de whisky...
La anciana parloteó largo rato de las últimas tragedias familiares, de su ineficaz tratamiento para la artritis, del alza desmedida de los gastos comunes, mientras él distraído la escuchaba, pensando una y otra vez en esta extraña coincidencia, sin convencerse del todo de su hallazgo.
Al retirarse, se despidió de Rosario y sintió nuevamente ese tono de voz que lo electrizaba. Esta noche confirmaría si estaba en lo cierto.
De regreso en su casa, comió con su familia, hizo una larga sobremesa y después se entretuvo revisando unos documentos. Su señora dormía cuando llegó a acostarse y se quedó viendo un documental esperando la llamada que no llegaba.
Poco rato después, el teléfono sonó largamente sin respuesta. Andrés despertó sobresaltado y escuchó a su mujer que ya había contestado:
Nervioso le preguntó quien llamaba y ella soñolienta le respondió:
- Era la Pepita que quería hablar contigo y le dije que estabas durmiendo... ¡A quién se le ocurre llamar a esta hora...!

Creado: Mayo 1998
Modificado: Abril: 2008