Esa noche de domingo, la sala de embarque del aeropuerto estaba atestada de público que iniciaba su retorno a Santiago, después de aquel largo fin de semana en Iquique.
En esa confusa aglomeración, destacaba nítidamente la figura alta y elegante de don Exequiel Subercaseaux, cuyo ceño adusto mostraba su desagrado de formar parte de este mar humano de gente común, que esperaba ansiosa la orden de embarque.
Don Exequiel vestía a la última moda en estilo casual, una polera amarilla, unos pantalones beige, mocasines y una fina chaqueta azul, todo de la prestigiada marca Ralph Lauren, que destacaban su delgada contextura coronada por ese rostro distinguido, algo envejecido, enmarcado por una bien peinada cabellera anaranjada, color característico de las tinturas modernas.
Su señora que lo acompañaba en este viaje consideraba una pérdida irreparable la supresión de la primera clase en los vuelos nacionales, debiendo convivir estos largos minutos de espera con estos personajes sacados de una novela de Charles Dickens, carentes de gusto en el vestir, desarreglados, con modales altisonantes que pregonaban al mundo su falta de cultura y su exceso de dinero.
Una vez en el interior del avión, don Exequiel se quitó la chaqueta azul y quiso guardarla en uno de los compartimentos superiores, pero sólo encontró espacio en aquel donde va el equipo de emergencia. El decidió hacer caso omiso a la prohibición de poner equipaje allí, la dobló cuidadosamente, quiso estirarla sobre los tubos y máscaras de óxigeno, pero al no conseguirlo, se violentó y en tono molesto le ordenó a su esposa:
- María José, párate de una vez y ayúdame con la chaqueta que se me está arrugando...
Los vecinos de asiento presenciaban atónitos su muestra de ineptitud que requería la asistencia de su señora para tan difícil maniobra, pero desconocían las causas reales por las que este principesco personaje estaba tan alterado.
Pocos minutos atrás, en Aduana, don Exequiel había sufrido la vejación de mostrar públicamente sus intimidades guardadas en su enorme maleta Samsonite, ante la insistencia de un oscuro y resentido funcionario, que buscaba algún artículo de valor comprado en la Zofri para pagar los derechos de internación correspondientes.
Su molestia no pudo disimularla al ver aquellas ávidas manos que revolvían su ropa interior, arrugando sus pijamas y camisas, que con tanto esfuerzo había doblado y estirado, antes de cerrar la maleta en el lujoso hotel Gavina.
- Mire, joven, cuando nosotros queremos algo especial, lo compramos en su lugar de origen, ya sea en la India, Afganistán o Japón, en nuestro habitual tour anual que hacemos por el mundo. Para ello no necesitamos venir a la Zofri, que suposición más absurda...
El vista de aduanas estaba sorprendido por la arrogancia de don Exequiel y con más ahinco buscaba y rebuscaba algo para callarlo, hasta que encontró lo que buscaba y con una mirada de satisfacción le dijo:
- ¿Y este aparatito dónde lo compró?
Don Exequiel palideció ante el descubrimiento, ya que se había dado maña para camuflarlo en medio de la ropa sucia, pero no se amilanó y con prepotencia le respondió:
- En Singapur, cuando acompañé a Eduardo en su visita presidencial al Asia, junto a otros empresarios de éxito chilenos...
El moreno funcionario lo miró con una sonrisa burlona y secamente le dijo:
- ¿Me puede mostrar la factura de compra, por favor?
- ¡Está loco, jovencito...! ¿Cree que ando trayendo un archivador con todas las facturas de mis compras en el extranjero?
- Si no la tiene, no se preocupe, señor. Pase a esa ventanilla para que le hagan una tasación y calculen el impuesto que debe pagar...
- ¿Pagar derechos otra vez...?
Don Exequiel con el rostro desencajado fulminó con la mirada al imperturbable joven que ya estaba revisando el equipaje de otro pasajero y sin poder contenerse, le preguntó:
- Dígame su nombre jovencito, para hablar con el Director de Aduanas mañana, apenas llegue a Santiago...
- Rosamel Inostroza Flores, vista de aduana del Aeropuerto Diego Aracena...
Don Exequiel haciendo gran aspaviento, anotó el nombre del empleado y después se dirigió a la ventanilla, donde pagó calladamente los derechos de internación por ese artefacto, dirigiéndose posteriormente a la sala de embarque, acompañado de su señora.
Iniciado el vuelo con rumbo a Santiago, don Exequiel se negó a comer esa comida plástica que sirven en las aerolíneas y sólo se limitó a pedir un whisky para calmar sus alterados nervios. Al cabo de un rato, bajo los efectos sedantes del licor logró tranquilizarse y se quedó dormido arrullado por los comentarios eufóricos de su señora ante los nuevos modelos de la próxima temporada, que aparecían en una revista francesa de alta costura.
Poco antes de aterrizar en Santiago, don Exequiel despertó de mejor humor y quiso compartir con su señora la tensa experiencia vivida en el aeropuerto.
- ¿No te parece inaudito lo ocurrido en la Aduana de Iquique, María José?
La señora aburrida por el viaje, le contestó apenas:
- ¿Qué quieres que te diga, Exequiel?
- Lo que piensas de este atropello a mi dignidad. Mañana a primera hora llamaré al Director de Aduanas para que me devuelvan el impuesto que acabo de pagar...
- Mira, Exequiel, agradece que el vista de aduanas no se percató del reloj Cartier de oro macizo que traes puesto, de las pulseras y anillos de oro que ando luciendo y de la colección completa de plumas y lápices de oro Montblanc, que guardaste en tu chaqueta azul. ¡En realidad creo que valió la pena ir a la Zofri...!

Mayo 1998