Regina se peinaba con parsimonia su larga cabellera rubia, mientras se contemplaba en el espejo que devolvía la imagen de una linda joven, de rostro hermoso, una sonrisa pícara que enloquecía a sus pretendientes, unas finas manos con cuidadas uñas, una belleza que impactaba profundamente.
Se sentía alguien muy especial y lo hacía sentir al enamorado de turno, pero desde que conoció a Eduardo, su actual novio, sus aires majestuosos habían disminuído un poco, porque ella así lo había decidido.
Este joven le demostraba una devoción a toda prueba, la quería incondicionalmente y ella sentía a veces que abusaba de él, pero nunca le dió mucha importancia, porque Eduardo parecía transfigurado a su lado y la amaba con pasión.
Sonó el teléfono y su madre subió a avisarle que llamaba Eduardo por tercera vez esa tarde, pero ninguno de los empleados tuvo la osadía de despertarla anteriormente de su larga siesta.
- Eduardo, discúlpame que no haya podido hablar antes contigo, pero me quedé dormida y nadie quiso despertarme...
Al otro lado del auricular se escuchaba la voz nerviosa de su novio que la invitaba a cenar a un restaurant muy especial para esa misma noche.
- Mira, Eduardo, me encantaría ir, pero no tengo ganas de salir hoy. ¿No podríamos ir otro día?
- No, Regina, debo asistir, es la inauguración del restaurant del padre de Enrique, uno de mis mejores amigos y no puedo fallarle...
Regina sentía un creciente malestar ante la insistencia de Eduardo, parecía que no se percataba que ella no estaba de buen ánimo ese día y aunque el mundo se derrumbara, nada la haría cambiar de parecer.
- ¡Qué lata me da! Tú sabes que cuando no quiero algo, no lo hago...
- Pero, Regina, hazlo por mí, no me dejes mal con la familia de Enrique...
- Mira, te llamaré en media hora más y te daré mi respuesta definitiva.
Eduardo estaba disgustado, sabía del fuerte carácter de Regina, era una joven mimada, egocéntrica y bastaba que un capricho se le metiera en su cabeza para que no cediera.
Temía que a causa de esta invitación, tuvieran su primera confrontación en sus 3 meses de noviazgo, porque hasta el momento era él quien cedía en todo lo que a ella se le antojaba. Sentía miedo de perderla, estaba demasiado enamorado, pero algo en su interior se rebelaba de ser su eterno lacayo y esta vez no aceptaría una negativa.
Esperó durante largos minutos la decisión de su soberana, fumó un par de cigarrillos, miró la televisión sin concentrarse en ningún programa hasta que, por fin, sintió que el teléfono sonaba.
- Aló, Eduardo, sabes una cosa, no iré a esa comida, me da mucha lata y estoy muy cansada. Ven a verme y lo pasaremos mucho mejor.
- No, Regina, ya te expliqué que no puedo dejar de ir...
- No seas latero, Eduardo, deja a tu amiguito Enrique con su papá y ven para acá, te juro que estaré muy cariñosa contigo.
- No, Regina, iré a la comida de todas maneras, contigo o con otra persona...
- ¿Con quién irás, si yo no voy? Dímelo de una vez...
- Es asunto mío, te he rogado que me acompañes y no quieres, así que iré con una amiga...
- ¿Ah, sí? ¡Andate al diablo y no me vuelvas a llamar...!
Regina cortó furibunda, tiró lejos el teléfono, se paseaba como una pantera enloquecida en su habitación repitiendo:
- ¡Infeliz, desgraciado! ¿Sería capaz de cambiarla a ella, una joven educada en colegio de monjas, por alguna de esas ordinarias que frecuentaba antes?
Regina estaba muy ofendida por el desaire de Eduardo, nunca antes le había visto así. ¿Sería cierto lo de la amiga o se lo dijo sólo para martirizarla?
Quiso llamarlo nuevamente, pero el teléfono marcaba ocupado. Lo intentó varias veces, cada vez más frenética, pero al parecer Eduardo lo había dejado descolgado.
Se encerró en su habitación de pésimo humor. Gritaba, pateaba todo a su paso, puso la radio a todo volumen, estaba cegada por la furia, su querido satélite se había salido de su órbita, nunca más le hablaría, su noviazgo había llegado a su fin.
Este cúmulo de emociones vividas en tan poco rato, la agotaron y se quedó dormida sobre su cama vestida.
Eduardo estaba tembloroso después de aquella llamada telefónica, creyó que la había perdido para siempre, pero igual debía asistir a esa comida de inauguración.
Al día siguiente, Eduardo despertó a media tarde con una fuerte resaca por la fiesta de la noche anterior y estuvo dudando si llamar a Regina o no. No quería ser el perrito faldero en busca de su ama porque ella había sido muy desconsiderada.
Entretanto, Regina esperaba que en cualquier momento apareciera Eduardo por su casa, con la cola entre las piernas, pidiendo disculpas por haberla ofendido gravemente, pero su espera se prolongó todo el sábado y domingo, sin que él diera señales de vida.
Eduardo pasó el domingo con sus padres, a quienes tenía muy abandonados desde que había iniciado su romance con Regina y se quedó con ellos hasta muy tarde.
El lunes por la mañana, Eduardo amaneció mal, deprimido, un fuerte malestar le invadía, una sola idea bailaba en su mente: ¡Llamar a Regina, hablar con ella, sentir otra vez su preciosa voz ...!
Durante toda la mañana luchó consigo mismo, sabía que si la llamaba se rebajaría una vez más y todo sería como antes. Ella recuperaría su trono de soberana, de gran diva que regalaba algunos minutos de su precioso tiempo para atenderlo y él volvería a su categoría de esclavo incondicional, agradecido por la inmensa generosidad de tenerlo como favorito.
Su deseo de escucharla, de implorar su perdón, se contraponía con la imagen de sentirse una escarabajo a punto de ser aplastado por su reina.
En la tarde ya no soportó más y cogió el teléfono para llamarla. Después de una larga espera escuchó su voz angelical que fríamente le hablaba:
- Hola, Eduardo, por fin llamaste, ¿cómo resultó la comida del viernes?
- Excelente, lo pasé muy bien, todo fue extraordinario...
- Con una compañera de oficina, Carolina, una gordita simpática que baila muy bien...
- ¿Te entretuviste mucho? ¡Seguro que es una profesional de la cumbia...!
Su tono de voz era agresivo y Eduardo no quería volver a lo mismo del viernes.
- ¿Sabes, Regina? Viene el gerente a verme, te llamo en la noche. Adiós, un beso...
Ella no alcanzó a responder, le mandó un beso imaginario y cortó.
Ese día estuvo hasta muy tarde trabajando y cuando regresó a su departamento, ya no era hora para llamarla. El martes tuvo que ir a Talca a resolver unos problemas y volvió pasada la medianoche.
El miércoles a media mañana le llamó Regina por teléfono, estaba indignada con él, sentía unos resoplidos al otro lado del auricular, conteniéndose apenas:
- Estoy esperando desde el lunes que me llames...
- Sí, ese día no pude y ayer estuve todo el día fuera de Santiago, acompañado con gente de la oficina...
- ¿Con quién andabas ...? - preguntó ella con voz autoritaria
- Con Carolina y Nancy. Llegué muy tarde, muerto de cansancio, agotado...
- ¿Y tan tranquilo me lo dices, como si fuese algo tan natural?
Yo preocupada por tí y tú paseando con las "gorditas de la oficina" por todo Chile...
Eduardo no alcanzó a responder, cuando ella ya había cortado. Hizo un ademán de llamarla, pero después se arrepintió.
Le resultaba gracioso que su querida y egocéntrica princesa, tuviese celos de un simple mortal.
Ella, la reina de las mariposas, había roto su crisálida de seda, para disputar una hormiga con unas sencillas orugas.
Un extraño sentimiento de satisfacción le invadió, aunque no se sentía muy seguro dado el temperamento de Regina. Sus bruscos cambios de humor pasaban de un sol radiante a una tormenta tropical, en cosa de segundos, siendo impredecible.
El viernes ella le volvió a llamar, esta vez parecía contenta, simpática, cariñosa y sin soberbia alguna. Eduardo quiso probar su estado de ánimo actual y la invitó al mismo restaurant de la semana anterior. Regina aceptó encantada, sin poner condición alguna.
El lugar era espectacular, su amigo Enrique le había dado una mesa especial. para su reconciliación con Regina, cuando ocurrió algo imprevisto.
Una delgada y hermosa joven de cabello oscuro, ojos verdes, vestida elegantemente de rojo, con la espalda a la vista, se acercó sonriente hasta su mesa y sin que nadie la invitara, se sentó en una de las sillas vacías.
Ella muy coqueta saludó a Eduardo con un sonoro beso en la mejilla que le hizo enrojecer, mientras Regina observaba atónita a la intrusa que demostraba tanta intimidad con su novio.
Eduardo estaba muy incómodo, no sabía que hacer, sentía los llameantes ojos de Regina quemándole la retina, y antes que pudiera reaccionar, la recién llegada dijo:
- ¡Qué casualidad, otra vez juntos en el mismo lugar...!
Regina estaba furibunda por el desenfado de esta linda joven y sin poder contenerse, explotó:
- ¿Quién es esta señorita que te quiere tanto? - preguntó irónica.
Eduardo un poco cohibido respondió:
- Ella es mi amiga Carolina...
- ¿Esta es "tu querida gordita" buena para la cumbia, que no se te despega durante toda la semana...?
- No, Regina, ella es hermana de Enrique y dueña también de este lugar...

Agosto 1998