SECRETARIA ACOSADA

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  • Señorita Carla, ¿podría venir a mi oficina? - llamó por citófono don Eliodoro.

La joven secretaria se levantó una vez más de su escritorio para dirigirse a la oficina de su jefe, quien al entrar le pidió sentarse para dictarle una importante comunicación. Mientras Carla se acomodaba en su asiento, él se situó justo detrás de ella y en forma casual apoyó su mano izquierda en su hombro, mientras le comentaba lo importante que era tener una Secretaria ejecutiva de confianza como ella.

Carla hizo un movimiento instintivo de desagrado, pero no se atrevió a decirle a su jefe que le molestaba esta excesiva muestra de confianza, así que él inició indiferente su dictado.

Eliodoro era un abogado de unos 40 años, de modales algo teatrales, con una voz impostada profunda que hacía retumbar las paredes y su ritual consistía en pasearse por su oficina, seleccionando cada palabra que iba dictando y después de terminada una frase, le pedía que se la leyera completa.

Carla llevaba un par de semanas trabajando en esta oficina, había sido contratada con un muy buen sueldo como secretaria de gerencia. El comité femenino ya la había advertido de lo difícil que resultaría soportar a don Eliodoro, porque largo había sido el desfile de niñas estupendas en su puesto y todas renunciaban por la misma razón.

Una vez terminada la primera frase, Eliodoro se acercó para revisar lo escrito y la tomó por la barbilla para forzarla a mirarlo de frente:

  • ¡Qué linda está hoy día, Carla, me encantan sus ojos verdes!

Ella estaba molesta por esta nueva muestra de intimidad, pero se contuvo y le respondió con descaro:

  • ¿De verdad que le gusto mucho, don Eliodoro?
  • Sí, Carlita, es usted maravillosa...
  • Entonces, ¿por qué no me invita a salir uno de estos días?

Don Eliodoro se quedó petrificado por unos instantes, sin saber si la joven lo decía en serio o no, pero decidió aprovechar esta situación tan propicia para él:

  • ¿Le gustaría salir conmigo, Carla?
  • Claro que sí, podría ser el jueves, ¿le parece bien?
  • Me parece estupendo, además es un día perfecto para salir a comer...
  • Sí, don Eliodoro, pero a cambio de ello le pediré algo y espero que no lo tome a mal...
  • Dígame, Carlita, trataré de complacerla en lo que me pida.
  • Mientras estemos en la oficina seamos formales, ninguna muestra de confianza o intimidad...
  • La entiendo muy bien, no se preocupe por ello...

A partir de ese instante la relación entre Eliodoro y Carla se normalizó, pasando a ser un ejemplo de corrección y formalidad, terminándose esas actitudes y gestos que tanto molestaban a la secretaria.

El jueves por la mañana, Eliodoro llamó a Carla a su oficina para recordarle que había llegado el día de la cita y ella muy tranquila le dijo:

  • Así es, Eliodoro, pasa a buscarme a mi casa como a las 9 P.M, aquí está mi dirección y trata de ser puntual...

El jefe se sorprendió que ahora lo tuteara, pero esta jovencita se escapaba de los moldes tradicionales con su actitud tan abierta, lo cual era muy beneficioso para esta noche que prometía ser muy especial.

Eliodoro la llevó a un restaurant famoso por los pescados y mariscos, que quedaba algo apartado y que tenía unos comedores reservados para parejas disparejas.

La cena estaba deliciosa, pidieron una botella de champagne para celebrar este primer encuentro, después una entrada de centollas y de plato de fondo, una corvina a la vizcaína con papas duquesas, acompañando estos manjares con un excelente vino blanco .

Ambos se veían contentos, Carla se mostraba coqueta y cariñosa como resultado de la champaña, mientras Eliodoro podía ahora llevar a cabo todo su ritual de pequeñas caricias con el consentimiento y participación de su secretaria.

En un instante, ella posó su mano en la pierna de Eliodoro, lo pellizcó suavemente y con una risa sofocada le preguntó:

  • Oye, Elio, ¿adónde iremos ahora?
  • No sé, donde tú quieras Carlita...
  • ¿Conoces algún lugar con jacuzzi, camas de agua y espejos en el techo?
  • Sí, por supuesto, conozco uno espectacular, vamos para allá...

Ella hizo un gesto de aprobación y un momento después, parodiando a su jefe, lo tomó de la barbilla y le dijo sonriendo:

  • Lo estoy pasando muy bien, gordito, pero se me olvidó contarte algo...
  • ¿Qué cosa, mi amorcito, qué le ocurre ahora?
  • ¿Recuerdas que te pedí que fueras puntual cuando fueras a buscarme?
  • Sí, sólo me retrasé 25 minutos ...
  • Lo que tú no sabes es que soy muy nerviosa, así que después de esperarte 15 minutos, llamé a tu casa preguntando por tí, me contestó tu hija y me contó que habías salido a comer con unos argentinos...
  • ¿Por qué llamaste si sabías que venía por tí? ¿Qué más le dijiste...?
  • Ella preguntó mi nombre, le dije que era Carla, tu secretaria, que habías quedado de pasar a buscarme a las 9 P.M. para terminar un trabajo pendiente, pero aún no llegabas...
  • ¿Le dijiste esa idiotez a mi hija...?
  • Sí, es que con los nervios, no atiné a buscar otra excusa...

Eliodoro se puso lívido, pagó la cuenta de inmediato y bruscamente tomó a Carla de un brazo llevándola a marcha forzada hacia el exterior del restaurant. Una vez en el auto le dijo furioso:

  • Lo siento, Carlita, nuestra cita terminó por hoy, ahora te llevaré a tu casa...

Al día siguiente, Carla llegó temprano a la oficina, vestía de forma muy llamativa, con una mini ajustada, una ceñida polera muy escotada y grandes aros de fantasía.
A media mañana, llegó Eliodoro muy serio, con expresión pétrea pasó por su lado haciendo un atisbo de saludo y se encerró en su oficina.

Sólo después del mediodía, se escuchó en el citófono la voz de su jefe que la llamaba.

Carla entró a la oficina de Eliodoro con paso cimbreante, dio un lento rodeo por detrás de su escritorio, de forma inesperada ella se sentó en sus rodillas, le dio un suave beso en la mejilla y mientras acariciaba su rostro, le preguntó con voz lánguida e insinuante:

  • Elio, mi gordo querido, ¿cuándo me invitarás a salir nuevamente...?

Firma
Octubre 1998




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