- Señor Ramírez, necesito que me prepare un informe detallado de las ventas por zona geográfica de nuestros principales productos, para llevarlo mañana a la reunión de directorio... - pidió por citófono el gerente.
Eulogio Ramírez, empleado cuarentón, conocido por su dedicación y gran minuciocidad, había escalado posiciones en la empresa durante los últimos años, hasta ocupar el apetecido puesto de Asistente de Marketing.
Pero, desde hacía algún tiempo una crisis motivacional lo dominaba interiormente, había perdido gran parte del interés en su trabajo y una reacción de hastío creciente era su respuesta frente a cada nueva tarea que se le encomendaba.
Mientras escribía unos jeroglíficos en su block de apuntes, se dejó llevar por aquella rara sensación que lo embargaba, un borbotón de ideas disociadas brotaban sin control desde el interior de un cráter eruptivo imaginario, arrastrando de paso su lógica cartesiana, sepultada ahora por un torrente de confusos y angustiosos recuerdos.
Intentó escapar de aquella vorágine de locura, para retornar a la quietud sepulcral de su oficina, donde el tiempo parecía haberse detenido y observó horrorizado como un enorme batracio le sonreía con coquetería.
La rana hacía extrañas muecas dando saltos a su alrededor, Eulogio sentía una repulsión creciente hacia el verdoso anfibio, pero una profunda duda lo atormentaba, ¿sería realmente un batracio o era simplemente un anuro?
La confusión de que era presa, no le permitía recordar con exactitud la diferencia entre estos conceptos, aunque ahora una idea obsesiva martillaba su obnubilado cerebro:
- Blástula, partenogénesis, metamorfosis...
Irrumpió dentro de aquel caos la figura batraciana y enigmática de la Gástrula, profesor de Biología, temido como ninguno, un ser esmirriado, de gruesos lentes, pelo ensortijado, que tenía un dominio absoluto sobre aquel grupo de jóvenes revoltosos, gritones e irrespetuosos.
Su entrada en la sala producía un silencio instantáneo, el ambiente se tornaba hostil, se respiraba una tensión inaguantable, los alumnos se sentaban cabizbajos observando de reojo al temible personaje. Bastaba un esbozo de sonrisa en alguno de ellos, para que detuviera su clase de inmediato y frenético preguntaba:
- ¿De que se ríe, Araya, me encuentra cara de sapo...?
- No, señor, no me reía de usted...
El niño temblaba en su asiento esperando lo inevitable, ya que todos conocían aquel ritual que buscaba cada vez una víctima diferente.
La Gástrula se acercaba lentamente, le decía al muchacho que se levantara y antes que terminara de hacerlo, le propinaba una fuerte bofetada que lo sentaba de un golpe.
La rana había desaparecido subrepticiamente, siendo Rosita quien lo remecía atemorizada.
- Eulogio, ¿qué te sucede...?
Detrás de ella, apareció el gerente con rostro agrio y preocupado que se dirigía hacia él:
- Ramírez, ¿terminó el informe de ventas que le pedí hace un rato?
- No, señor, no lo he empezado aún, pero no me pegue por favor...
- ¿Qué le pasa a usted, no se siente bien?
Eulogio no pudo responder porque fue devorado nuevamente por aquella nebulosa de añejos recuerdos que vagaban erráticos por su mente, confundidos en el tiempo. Sentía lejana esa dulce y querida voz que lo llamaba con una insistencia apremiante:
- ¡Eulogio, la comida está servida, apúrese que se va a enfriar...!´
La afectuosa imagen de su madre fue sustituída por aquella rígida e implacable intitutriz alemana que parecía educarlo como si fuese una mascota, dándole órdenes en su particular dialecto germano-español, pronunciadas con un marcado acento teutónico.
- Espejito, espejito, ¿quién es la más linda del curso? - preguntaba Angélica
El mudo espejo devolvía la imagen de una hermosa adolescente desnuda, sin hacer comentario alguno, mientras ella halagada imaginaba la única respuesta posible y se acercaba insinuante hasta chocar con el cristal, momento en que besaba larga y amorosamente sus fríos labios, pensando en ese amor que aún no llegaba.
Angélica fue su secreto y gran amor juvenil, la recordaba con su rizado pelo agitado por la brisa, haciendo un ademán de despedida con su brazo en alto, custodiada por sus padres que la forzaban a esta dolorosa separación, por causas desconocidas para él.
En el andén del metro divisó una joven rubia de pelo ondulado que en pocos segundos fue succionada por la muchedumbre que subía al tren.
Eulogio de un salto se bajó, se introdujo en el vagón delantero donde la había visto entrar, recorrió con la vista los pasajeros sentados y creyó divisar al fondo del carro su cabellera rizada.
Avanzó con dificultad hasta ponerse a su lado y pudo observar a una linda joven de unos 20 años, con rasgos algo diferentes a esa niña que quiso con locura. En una brusca frenada del tren, ella se sujetó involuntariamente de él, cuando se volvió para disculparse lo miró sorprendida y le dijo:
- Eulogio, ¿eres tú? - preguntó la muchacha
El quiso responderle, pero las palabras no salieron de su boca, apareciendo nuevamente la figura del gerente que insistía majaderamente:
- Quiero ese informe en mi escritorio, en una hora más...
Eulogio lo miró desafiante esta vez y le respondió:
- ¿Lo quiere en papel de regalo o se lo envuelvo en papel higiénico?
- Eulogio, ¿qué me acaba de decir...? - preguntó indignado el gerente
- ¿Que si hago una palomita de papel con su maldito informe...?
- Palomita de maíz, viejo idiota...

Diciembre 1998