Eleuterio despertó a medianoche transpirando profusamente, un borrascoso cúmulus nimbus lo tenía atrapado en su interior, fantasmagóricas imágenes golpeaban sus sienes, extrañas voces lo llamaban con aquel apodo que detestaba desde pequeño, Guatapique.
La fiebre lo consumía, en su delirio creía encontrarse en el interior de un panal rodeado por una colonia de abejas que revoloteaba amenazante. En las celdas interiores unas princesitas rodeaban a la reina madre parloteando despreocupadas, mientras afuera las obreras desesperadas pugnaban por entrar.
Eleuterio llamó con desesperación:
- Gorda, traéme un vaso con agua...
Abajo en medio del bosque, una gruesa gallina castellana cacareaba en forma majadera, simulando haber puesto un huevo, después de un largo período de abstinencia.
Un gallo de dorado plumaje se acercó curioso ante tanto escándalo, pero al ver a la vieja, no pudo contenerse y dijo socarronamente:
- Milagro, milagro, un óvulo imaginario ha nacido...
Eleuterio devorado por aquella vorágine de recuerdos fantásticos, recordó aquel día en que una anciana gitana lo interceptó en la calle, tomó su mano para ver su destino y antes que él alcanzara a protestar, ella lo miró compasiva y dijo:
- Vete, no me interesa tu dinero, pocas veces he visto tan poca felicidad en las manos de alguien...
Al panal llegó un grupo de zánganos que sordos ante el reclamo de las obreras por su imposibilidad de entrar, pasaron directamente a los aposentos reales, ante el júbilo de las princesitas que abandonaron a su madre, para ir a retozar un rato con estos apuestos galanes.
El tragamonedas enloquecido vomitaba chorros de monedas ante el asombro de los jugadores. La rica señora sorprendida con su suerte, tiraba con fuerza la palanca de la máquina, pidiendo un deseo cada vez, mientras el dinero caía a borbotones.
En distintos vasos había separado las ganancias para cumplir con cada uno de sus sueños: Se iría nuevamente de vacaciones a Cancún, remodelaría su habitación matrimonial, cambiaría su Mercedes por un BMW último modelo y por fin, se haría la tan anhelada liposucción de pies a cabeza, para quedar "like new".
Eleuterio hablaba incoherencias en su locura febril. El termómetro se empinaba ya por sobre los 40 grados, cuando alguien se acercó a su cama y le hizo tragar una gruesa píldora con un sorbo de agua.
- ¿Qué me estás dando? Seguro que me quieres matar, aprovechadora, chupasangre...
Alterado por la fiebre, se levantó de su cama y se dirigió hasta el baño. Al entrar, divisó en medio de la tina, unas ranitas impúdicas que se bañaban desnudas con unos sapos morenos. Quiso protestar ante este espectáculo, pero una señora lo distrajo en mitad del pasillo del autobus, ofreciéndole unas sopaipillas de su tía abuela de Chillán.
Al cabo de un rato, la temperatura empezó a ceder y cuando volvió en sí, sintió la humedad pegajosa de la lengua de su perro que lo lamía con cariño.
Estaba solo en su departamento, no tenía otra compañía que su viejo can.
Hacía tiempo que había roto las cadenas con aquella equívoca maqueta de felicidad familiar que alguna vez creyó tener.
Eleuterio miró a su compañero inseparable y le dijo:
- Rambo, al final de cuentas, tú eres el único que me quiere de verdad...

Julio 1999